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Prohibidos los chupetes

 

Hace poco he sabido de una escuela infantil que recibe a niños y niñas entre los cuatro meses y los tres años, en la que se expone un insólito cartel que dice: “PROHIBIDOS LOS CHUPETES”. La sorpresa que me ha causado me ha llevado a pensar que quizás estaría bien recordar qué significa realmente chupar para un niño pequeño, en plena etapa oral, en plena dependencia de quien le alimenta, en plena adaptación al mundo exterior, en plena crianza.

Desde que el mundo es mundo se sabe que los niños pequeños se lo llevan todo a la boca, la zona que más sensibilizada tienen, por ser la puerta al alimento y al vínculo con la madre o la persona que le nutre. La boca es un importante lugar de supervivencia cargado de conexiones, de afecto y de calor. Para un bebé chupar es lo que más se parece a comer. Es un consuelo, es calmarse, es revivir las sensaciones placenteras que acompañan el momento de alimentarse. Es recordar el tacto, el olor, la voz y la compañía de quien le cría y le sostiene. Chupar también es curiosear, aprender, entretenerse. Es una especie de juego primitivo, en el que se dan juntos el afán de conocer y la búsqueda de calma, placer y satisfacción.

Cuando un bebé chupa un objeto, es como si lo radiografiara, como si se lo grabara dentro, haciéndose un catálogo de los objetos y sus cualidades, que le permitirá compararlos, distinguirlos y así ir dominando su entorno. Pero cuando lo que chupa son sus dedos, su sábana, o su chupete, a esos efectos del aprehender, se añaden los del autoconsuelo y la relajación. Es como si los bebés tuvieran en la boca un autorregulador, una posibilidad permanente de estar tranquilos, un huequito particular para encontrar la calma que aún no pueden lograr de otra manera.

El pediatra e investigador T. Berry Brazelton nos explica que “el bebé tiene el reflejo de amamantamiento que se presenta al tocar al recién nacido cerca de la boca. Entonces se dará la vuelta hacia esa dirección en busca del “pecho”. Y cuando se le acerca un dedo para que succione, se puede observar su coordinación para chupar, que se manifiesta en tres etapas. En primer lugar lame con la punta de la lengua la parte del dedo más próxima a la boca. Luego mueve la parte posterior de la lengua en torno a la mitad del dedo. Por último succiona la punta del dedo.” Brazelton afirma que “chuparse el dedo es un patrón saludable de autocontrol. Cuando el bebé se enoja o trata de calmarse, recurre a esto a fin de controlarse”.

Tanto es así que, a lo largo del tiempo, se han ideado diversas modalidades de chupetes, con el fin de ayudar a los bebés a encontrar quietud cuando la necesitan. Desde el propio pecho de la madre a los dedos del niño, desde caña de azúcar a pequeños paños blancos impregnados de azúcar, miel o infusiones de hierbas relajantes. Desde pan duro a chupetes de goma, más o menos grandes, más o menos blandos, más o menos adaptables.

Sin embargo, no todo el mundo acepta bien esta necesidad natural de chupar de los niños. Hay quienes la ven con normalidad, abogando porque el niño use sus propios recursos y animándolos a estrenar una posición vital autónoma. Pero hay quienes están en contra aludiendo a la higiene, a la “adicción”, a la dificultad de abandonar el chupete o el dedo en el momento oportuno, o a la posible deformación de los dientes. E incluso hay quienes piensan que el niño no tiene por qué llegar a estar nunca intranquilo, y que si alguna vez ocurriera, los padres tendrían que procurar distraerlo, evitándole cualquier mínima tensión, inquietud o cansancio. Un camino de sobreprotección que agota a bebés y a padres, y en el que subyace la pretensión de darle todo resuelto al pequeño y de no confiar en que él también puede intentar buscar por si mismo la calma con chupeteos, balanceos,  o una buena siesta.

A algunas personas les inquieta ver a un bebé chupándose los puños, o con el dedo pulgar metido en la boca. Les suena a desconexión, a carencia, a suciedad, a contagio, a abandono. Aunque en realidad sería de lo más normal. Pensemos en un bebé molesto por tener hambre o sueño, que para calmarse da grandes chupetones a lo que le venga más a mano, ¿por qué alarmarse? Pensemos en un niño menor de dos años que cada tanto hace una parada en sus juegos para descansar mientras chupa un ratito su dedo o su chupete, ¿qué tiene esto de raro? Si el niño alterna su actividad de exploración con ratos de calma, en los que chupa y reposa, estaríamos ante la manera natural de entretenerse y buscar placer. ¿Por qué tanto sobresalto? ¿Qué miedos se nos despiertan a nosotros los adultos, ya seamos padres o maestros, ante esos momentos en que vemos al niño autoabastecerse? ¿Acaso nos da rabia no serles imprescindibles?

Cuidado con esos carteles de “Prohibidos los chupetes”, evidencian un modo de entender el acompañamiento que no respeta las necesidades de los niños. Cuidado con correr y acelerar los procesos de crianza. Cuidado con olvidar la ternura que precisan los niños de edades tempranas. Cada cosa a su tiempo, primero chupar y después dejar de hacerlo.

 

 

Mari Carmen Díez Navarro es maestra y psicopedagoga.

Asesora pedagógica de la Escuela Infantil Aire Libre de Alicante