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                 M.C.D.

Quiero jugar
 

Afortunadamente los niños siguen jugando a pesar de los pesares. A pesar de nuestras prisas, de nuestras demandas de que aprendan mucho y pronto, de nuestros deseos de que se conviertan en pequeños sabios...

Los niños siguen jugando con fruición, con ahínco, con apasionamiento. Juegan aplicada y sistemáticamente. Juegan a favor de sí mismos. Por placer y por necesidad. Se envuelven en su mundo fantástico desde la buena mañana, hasta que caen rendidos por la noche. Y se les ve jugar en el cuarto de baño, mientras comen, pintan o esperan. En la consulta del pediatra, en el coche, en las tiendas, en casa, en el colegio y hasta en mitad de un teatro, o en medio de una magnífica explicación dada por cualquier bienintencionado adulto. Juegan con piedras, con hilos, con arena, con pelotas, con muñecas, con telas, con cajas, con coches… juegan con cualquier cosa.

Mi abuela defendía esos juegos considerándolos desde algún lugar de su intuición y de su experiencia, como algo bueno y necesario para los niños pequeños: "Dejad a los nenes, están jugando", decía convencida.

Sin embargo, últimamente, el juego está desprestigiado, relegado, sustituido por otras más "importantes" labores, como son aprender inglés, informática, o saberse de memoria una serie de tarjetas "inteligentes" con las fotos de compositores, artistas plásticos, ciudades famosas... Hay tal premura en que se crezca deprisa, en hacer a los niños mayores antes de hora, en pedirles que sean autónomos, responsables, trabajadores, ordenados, "serios"... que el juego está pasando a ser considerado una pérdida de tiempo por parte de muchos. Se contraponen “las cosas serias” a las cosas del jugar. Sin embargo jugar es una cosa muy seria.

A lo mejor nos sería bueno recordar qué significa realmente el juego para un niño pequeño.

Los maestros decimos que los niños aprenden jugando. Que el juego estimula la inteligencia, las capacidades motrices, el lenguaje, los procesos de simbolización, la creatividad y las relaciones. También los hábitos necesarios para el crecimiento y para el aprendizaje: perseverancia en el esfuerzo, tolerancia a la frustración, concentración, valentía para explorar e investigar...

Decimos que los niños necesitan jugar para inventar un mundo más acorde a sus deseos, unas vivencias más asequibles a su momento de desarrollo, más afincado en la magia, que en las puras realidades. Que necesitan jugar para irse habituando poco a poco a compartir y soñar junto a los demás compañeros. Y para entrar en el mundo del aprendizaje desde un lugar de placer y no de obligaciones, o de exigencias. Que si un niño no juega, algo le pasa y algo importante, porque el jugar es uno de los más claros indicativos de normalidad y de salud.

Por eso tantas veces en la escuela les hacemos a los niños las propuestas partiendo del juego, "propuestas lúdicas", se les llama. Para unirnos a su manera de aprender y disfrutar y desde ese lugar, poder acompañarlos a un crecimiento más equilibrado y cercano a sus maneras habituales de estar bien y de aprender. Les invitamos a jugar con su cuerpo, con los demás, con los juguetes, con otros materiales, con las palabras... De tal manera que el paso desde los momentos narcisistas de las primeras edades, hasta los momentos más realistas de después, sea lento, placentero y capaz de sostener los fuertes impulsos de los primeros tiempos, que son tan primitivos.

La psicóloga Libertad Orazi dice que: «Es a través del juego como se va estructurando el psiquismo del niño. Una buena manera de ver en qué momento de desarrollo está un niño es ver qué juegos realiza, porque a partir de lo que aparenta ser un simple y apacible jugar, el niño está elaborando cosas muy importantes: la edificación interna de su propio cuerpo, el espacio de inclusión compartido con su madre, la simbolización de la "desaparición" de la madre, el poder sostenerse sin esa presencia segurizadora, el situarse en un espacio personal diferenciado, el sentir la presencia del padre. Y que para que un niño juegue placenteramente, tiene que haberse dado un proceso de vinculación con la madre, de ilusión entre los dos, de conexiones. Tiene que haber sido querido, acariciado, hablado... Y su madre le tiene que haber podido transmitir que la vida vale la pena vivirla.

Hasta en los juegos más sencillos de los niños, que todos recordamos haber disfrutado, hay significados profundos y hay consecuencias. Basta pensar en un niño que juega al escondite, que cierra toda puerta que ve abierta, que deja caer cosas al suelo, o las lanza a ver qué pasa. En ese momento de su evolución su juego está indicando que el niño elabora que ya no está tan unido a la madre, como en otro momento anterior, que ya "vive en su propio territorio", que puede existir fuera de la mirada de su madre, cosa que un poco de tiempo atrás le era impensable. Al sentir que uno "está y no está" (como en los juegos de las escondidas), el niño capta que los otros siguen existiendo, aunque él no los tenga en todo momento delante de su vista. O que él sigue existiendo, aunque la madre no lo vea. Esto posibilita que surja un espacio personal propio, que pueda empezar a ser "él mismo" y que posteriormente pueda aprender categorías, nociones y aprendizajes que tienen su base en estos primeros juegos fundantes de la identidad y del ser diferenciado: lejos y cerca, antes y después, arriba y abajo, a un lado y a otro, derecha e izquierda...

Por otra parte, a través del juego el niño va resolviendo las situaciones que ha vivido y que "le sobrepasan" emocionalmente: una operación, un susto, una exigencia desmesurada en la escuela o en la casa, etc. Así puede elaborar y asimilar los miedos, las impresiones fuertes, y demás acontecimientos que han sido vividos "a la pasiva" y que puede repetir y cambiar, tornándose en sujeto activo, y dueño de sus circunstancias. "El juego es un espacio para curar heridas", de ahí que veamos en los juegos de los niños muñecos que son golpeados en épocas celosas, juegos de hospitales, en los que el niño juega a ser "el que corta el bacalao", es decir, el médico, o escuelas en las que los alumnos se "liberan" de sus agobios haciendo de maestros de sus propios maestros. Y todo ello con la sensación de libertad y apertura de lo que es jugar.

Además el juego abre paso a la creación. Un niño que sabe jugar, sabe soñar, inventar, dar forma a sus imaginaciones, atreverse a probar. Podrá así llegar a ser un adolescente que investirá su trabajo de placer y no sólo de obligaciones, logrando por lo tanto hacer su tarea, su estudio o sus responsabilidades sin la pesada carga de “lo obligado" contra lo que hay que rebelarse. Y asimismo podrá ser un adulto que logre teñir de juego su trabajo, sus aficiones, sus relaciones, su vida...»

Si buscamos lugares de salud, equilibrio y alegría para nuestros niños, miremos con buenos ojos sus juegos. Porque no son algo banal para ellos, sino algo que les es realmente importante. Les ayuda a ser sanos, a estar alegres, a ser sociables y les otorga el lugar que verdaderamente les corresponde: el de ser niños.

  

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