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Crónicas cotidianas

   

La cebolla

 M.C.D

Últimamente lo que más me interesa es contemplar el transcurso de los acontecimientos cotidianos para fijarme precisamente en eso: en su transcurrir.

Curioseo esa fluidez que nunca para y nunca se repite, ese cambio continuo que se va generando al mezclarse unas personas con otras, unas circunstancias con otras, unos momentos con otros. Y veo cómo lo individual, lo familiar, lo escolar, lo cultural, lo social... se reúnen y engrosan ese hilo conductor, que no es otro que el mundo relacional y afectivo en el que nos movemos y que los niños estrenan.

Miro el grupo de niños y los vínculos que mantienen unos con otros, conmigo, consigo mismos, con sus familias, con las familias de los demás, con el resto de los grupos y de los niños de la escuela, con los otros maestros, con el aprendizaje... y es como si percibiera capas y capas de una realidad tan concéntrica, concentrada y contundente, como una buena cebolla.

Con su olor penetrante, con sus capas concéntricas, con su núcleo tierno, con su placentero sabor, con su facilidad para “emocionar” (hasta la lágrima…), con su capacidad para alimentarnos, e incluso, para curarnos.

Una cebolla variopinta y versátil, que admite estar acompañada o sola, guisada, aderezada o en adobo, y claro está … rehogada, frita, triturada, hervida, estofada, asada, en escabeche …

Una cebolla inquieta y correntona que puede ir en moto, hacer teatro, recibir a los abuelos, escribir cartas, quejarse de la guerra, alegrarse del amor…

Una cebolla picante y dispuesta al cambio.

Una cebolla que fluye y se transforma sin poderse parar nunca.

Una cebolla nutritiva, importante.

Una cebolla viva y para la vida