AQUÍ SE JUEGA

Aprender es como alimentarse, llenarse, comer, y nace del más puro instinto de vida, de esa curiosidad adaptativa, de ese “salir a mirar” y a tomar de la realidad aquello que nos hace falta, que nos beneficia, que nos da placer. Aprender es coger, aprehender, hacer nuestro algo que no teníamos, que nos faltaba, y que, presumiblemente, nos va a dar satisfacciones y fuerzas. Así de primitivo es el asunto, aunque lo revistamos de objetivos, de currículos, de libros, y demás cosas sublimes.

Cada niño adopta diversas actitudes ante el aprendizaje. Pone diversas caras, maneras de mirar, de atender, posturas, palabras. Hay quien siempre está dispuesto, quien tarda o remolonea, quien se entusiasma. Hay quien aprende escuchando, observando, actuando, pensando, manipulando, imitando, inventando… Hay quien se lanza a tocar, a preguntar, a proponer, a comentar lo que sabe sobre el tema, confiado en que “puede”. Hay quien se asusta, rehuye la mirada, se bloquea, se esconde, pensando que no podrá. Hay quien permanece callado y atento, bebiendo del exterior todo lo que le va llegando para hacerlo suyo. Hay quien parece que no escucha, ni mira, pero también está activa y curiosamente implicado.

Visto de esta manera, entiendo mejor que los niños cuando hablan de lo que desean aprender incluyan cosas en las que yo nunca hubiera pensado. Ellos dicen que quieren aprender “a correr muy deprisa”, “a leer”, “a hacer la comida”, “a perder”, “a ser un chico”, “a pensar” “a conducir”, “a tener un amigo”, “a esperar”, “a saber si va a llover o va a hacer sol”, “a aguantar”, “a no quererlo todo”, “a no hacer los números al revés”, “a cocinar magdalenas con canela”, “a hacerle caso a mamá”…

Según voy comprobando se aprende desde “el piso de abajo” afectivo. En cierto modo es como si cada cual siguiera su propio hilo de intereses, deseos, necesidades, preocupaciones o alegrías y fuera dando respuestas a todo ello poquito a poco. Como si lo interno fuera lo que marcara los caminos del aprendizaje, haciendo al niño investigar aquí o allá, relacionar así o asá, escuchar esto o lo otro.

A mí me gusta ver cómo los niños aprenden desde sí mismos, desde la relación con los demás y conmigo, desde los juegos, desde sus familias… Me gusta descubrir que alguien enseña lo que sabe a los compañeros, como Alfredo que enseña a sus amigos “lo que tiene dentro cada número”, Iván que les habla de los barcos o Unai que les explica la vida y los milagros de los cocodrilos. Me gusta verlos transitar autónomamente en temas de su interés, como el pasado año con el coro que formaron cinco niñas y que hizo descubrir a los demás cómo hay que organizarse, colocarse, ensayar y entonar para formar un coro.

Pero sobre todo disfruto viéndolos cuando empiezan a lanzarse a leer y escribir, después de haberse alfabetizado en sus propios nombres, en los nombres de los amigos, y de la familia, en los personajes de los cuentos, en las palabras que coleccionamos en clase… Me hacen mucha gracia las notas o bromas que en esos empezares, les dedican a los amigos: “HÉCTOR, ERES MI MEJOR NOVIO”, “CARA TORTILLA”, “FIDEO”, “EVA TE VEO MÁS GUAPA QUE ANTES DE LAS VACACIONES”.

Las cariñosas cartas para la familia: MAMÁ, SÉ LEER, PAPÁ ERES BUENO, MAMI FLOR, TE KIERO, TETE TE PERDONO POR QUITARME LA SILLA.

O las quejas que formulan a veces “para quien las pueda oír”: “KIERO” IR A CASA DE LUIS, NO “BOI” A NATACIÓN MÁS, NO ME PONGAS PESCADO DE CENA.

Como dije una vez:

“Aprendizaje por ósmosis, por absorción del afuera. Aprendizaje por transmisión directa o indirecta, consciente o inconsciente. Aprendizaje calmado, valiente, tímido o entusiasta, alegre…Aprendizaje en la casa, en la escuela, en la calle, en los libros, en la televisión, en el juego. Aprendizaje en soledad o en compañía, pero aprendizaje siempre si se está vivo. Desde el puro principio y hasta el final”

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