jugar es importante

 

¿SABÉIS LO QUE ES UN ARPEGIO?

La música nos atraviesa y se nos queda dentro, nos provoca placer y emociones. Un placer que se percibe en el cuerpo, que nos calma, nos alegra, nos hace vibrar, nos provoca ganas de bailar, nos acompaña, nos recuerda momentos, nos une, nos vivifica. Es por eso que cada año hace ya muchos celebramos en mi escuela un proyecto dedicado a la música al que llamamos “Mayo musical”.

Se trata de que los padres, familiares o amigos de nuestros alumnos acudan al centro a tocar algún instrumento, a cantar, a bailar o a hacer talleres en torno a la música. Los visitantes vienen solos o en grupos, así que tanto los niños como las maestras tenemos oportunidad de disfrutar de coros, bandas, cuartetos de cuerda, conjuntos de rock, cantos de ópera, baladas, danzas populares, salsa, tango, sevillanas, etc.

Los encuentros suelen empezar con un rato de escucha y acabar con un baile colectivo en el que la escuela entera vibra de música y de afecto. Desde este ambiente de tribu que se crea, a veces se pueden observar ciertas cosas curiosas, como ésta que paso a relatar.

Rafa, tío de Joaquín y Samuel, y antiguo alumno de la escuela, vino hace dos años con el propósito de deleitar a los niños con su guitarra y su melodiosa voz. Empezó lanzándoles unas preguntas mientras punteaba suavemente el instrumento. ¿Qué partes creéis que tiene una guitarra? ¿Para qué es este agujero? ¿Qué es una nota musical? ¿Qué es un acorde?, etc.

En un momento dado preguntó en un tono dulce y cariñoso: ¿Sabéis lo que es un arpegio?, y en ese instante, como si se hubiera pronunciado una palabra mágica, hubo dos efectos inmediatos a cual más bonito. El primero fue que Irene, de 19 meses, se acercó a él y se puso a mirarlo fijamente, con su vestidito rojo y una sonrisa magnífica (¿le sonaría bien lo de arpegio?). Y el segundo que Javi, de 4 años, le pidió en tono firme y conminativo: “¡Queremos que toques tu música ya!”

Las maestras rompimos a reír al ver estas reacciones tan espontáneas y claras. El músico visitante puso cara de asombro, pero entendió el mensaje y empezó a tocar desde muy adentro una canción preciosa compuesta por él. El ambiente se animó con su preciosa balada, su magnífica voz y su expresión alegre al ver la respuesta de los niños que aplaudían, sonreían y pedían más.

De pronto Rafa descubrió que tenía un verdadero público delante, con sus criterios, su nivel, sus gustos y sus exigencias. De pronto percibió que los niños tienen sus características, pero que para llegar a ellos no hay que ser exccesivamente pedagógicos, porque pueden apreciar a la perfección la fuerza contagiosa de la música y la belleza si les llega de verdad y no minimizada, o disfrazada de lección. De pronto recordó a lo que había venido: a mostrarnos su música y a compartir un placer.

¡Qué buenos son los arpegios!

Mil gracias por tus cuidados y tu buena música, Rafa.

Es lo que hay

Habitualmente hago bromas a los niños, exagero, gesticulo, dramatizo, finjo que me confundo, me asusto, o me equivoco. Muchas de las veces las bromas son juegos de palabras: pequeñas rimas, decir sus nombres en diminutivo, en aumentativo, acabados en “ico”, en “illo”, en “inski”, nombrarlos diciendo “el señor Carlos”, o “la señora Amaya”… Cosas así.

No sé nunca cuando van a ocurrírseme las bromas, que para eso son bromas, para sorprender y divertir. Este año, en los primeros días del curso, las bromas me “salieron” a la hora de comer. Eran pareados muy sencillos, que nos servían para hacer un ambiente agradable, para provocar risas, complicidades y comunicación.

-Al que come poco, se le pone la cara de coco, empecé yo.

-Al que come mucho, se le pone la cara de chucho, siguió Carlos.

-Al que come pan, se le pone la cara de Tarzán, dijo Pablo riéndose, y atragantándose.

-Al que come patata, se le pone la cara de rata, dijo Quique.

-Al que come membrillo, se le pone la cara de pillo, continuó Héctor.

Pasado un tiempo se pusieron de moda otra clase de bromas. Surgieron cuando le pedí a Nacho una caja que tenía a su lado:

-Dame la caja.

-¿Qué caja?, dijo él.

-¡La que sube y baja!, le contesté en tono de juerga.

Aquello les hizo tanta gracia que se convirtió en una especie de estribillo. Se lo decían unos a otros, nos lo decían a las maestras, a los padres, a los hermanos… Días después les lancé otra versión de la bromita, que generó un jolgorio semejante al primero.

-¡Dame la cesta!

-¿Qué cesta?

-¡La que llevas en el culo puesta!

A partir de ahí han sido ellos los que se han dedicado a inventar bromas de lo más chocante. Y, además, me han pedido que las escriba “para que no se nos olviden”.

-¡Dame la caña!

-¿Qué caña?

-¡La que tiene la piraña!

-¡Dame la muñeca!

-¿Qué muñeca?

-¡La que tienes en la rebeca!

-¡Dame las gafas!

-¿Qué gafas?

-¡Las que lleva la jirafa!

-¡Dame el elefante!

-¿Qué elefante?

-¡El que es muy despampanante!

-¡Dame la cuchara!

-¿Qué cuchara?

-¡La que me ha traído Lara!

Lo dicho…bromear con ellos, que también cabe en la escuela en la que creo.

Aprovecho este tono bromista para decir adiós a esta columna.

No me animaba a decirlo en serio, porque cada vez me duelen más las despedidas, los finales, acabar… Seguramente es porque ya he vivido unas cuantas, y porque veo que me queda menos tiempo de pisar el aula, de estar con los niños, de disfrutar de este ser acompañante de vida que tanto me apasiona.

Pero como se dice ahora: “Es lo que hay”. O como se decía antes: “La vida es así”.

ABURRIRSENOESMALO